martes, 9 de febrero de 2016

Un amigo para Frank, by Jake Schreier

VENTAJAS DE TENER COMO MEJOR AMIGO A UN ROBOT

1. No tienes que invitarlo a copas ni a comilonas ni nada.

2. No tienes que preocuparte de regalarle ropa ni complementos por su cumple.

3. Consecuentemente tampoco tienes que preocuparte de que vaya hecho un adefesio, mal afeitado o con los pelos infames.

4. Los robots no tienen familia, así que no tendrás que soportar esposas petardas ni hijos adolescentes ni nada por el estilo.

5. Si vive contigo jamás tendrás que esperar para entrar al baño porque esté ocupado.

6. Y no encontrarás pelos de nadie en la ducha, salvo los tuyos.

7. Los robots no roncan ni les chirrían los dientes, porque no tienen.

8. Lo puedes desconectar cuando te esté incordiando o cuando te apetezca estar solo.

DESVENTAJAS DE TENER COMO MEJOR AMIGO A UN ROBOT.

1. Que se eche de amigos a otros robots y te inviten a sus insoportables reuniones robóticas.

2. Que si haces una peli sobre vuestra amistad lo único que la gente verá es a un tipo hablando todo el tiempo con una máquina y a la máquina intentando recordarle eso, que está hablando con una máquina, lo cual puede resultar pelín coñazo. Por mucho que el que te lo cuente se llame Jake Schreier y tú seas la polla como actor y te llames  Frank Langella.

lunes, 8 de febrero de 2016

American Cuisine, by Jean-Yves Pitoun

Reconozco que tengo debilidad por las historias que transcurren entre fogones. Y si hay amor de por medio más. No hay imagen que me resulte más erótica y más sugerente que esa que se repite siempre en este tipo de pelis cuando alguien da de comer extasiado a alguien con los dedos y casi se puede sentir el olor de la comida, el sabor, la textura, las especias… Porque además tienen la ventaja de que aunque la  historia sea un rollo como la copa un pino siempre te puedes regodear mirando los platos, las presentaciones, los vinos, la elegancia de una bonita mesa.  Los que apreciamos este tipo de cosas y gozamos de cierto apego al sibaritismo no podemos evitar deleitarnos con esas imágenes si están bien hechas. Y en este caso lo están, doy fe.

Creo que Pitoun retrata además bastante bien lo que es el mundo de la alta cocina. Las presiones, el estrés, la locura, la responsabilidad, la falta de rentabilidad económica, la dificultad de hacer negocio… De hecho incluso en un momento uno de los personajes hace referencia a un gran chef que se suicida por haber perdido una de sus estrellas, algo que acerca bastante el film a la actualidad más inmediata. Recientemente se ha producido un caso muy similar en el mundo de la cocina de élite y viendo la película no pude evitar relacionarla con tan triste acontecimiento. La presión a la que se ven sometidos los grandes chefs para conservar la categoría de sus restaurantes es tremenda, y esto unido a la ruina económica que a veces suponen estos negocios hace que de vez en cuando se repitan desgraciadamente este tipo de hechos luctuosos.

En fin, de todas formas tengo que decir que aparte de todo esto el hilo argumental de la historia de amor entre los protagonistas es bastante flojilla, y a pesar de que la sola presencia de la asquerosamente guapísima, estilosísisma, elegantísima y perfectísima
Irène Jacob puede ser motivo adicional de goce, sobre todo para los caballeros, no puedo decir que haya apreciado la menor química entre su personaje y el del cocinero americano. Lo cual le quita bastantes puntos pero que se compensan en gran parte por esos primeros planos alucinantes de pescados, mariscos, frutas y exquisiteces de todo tipo con los que el director nos obsequia.

Eso sí, como suele pasar siempre con este tipo de films queda terminantemente prohibido verlos en ayunas. Lo ideal, lo que les da un plus de placentero éxtasis es verlas con un bonito y bien montado plato de alguna delicatessen y con una copa de buen vino. Si además hay buena compañía la experiencia puede ser verdaderamente gratificante, casi cercana a lo místico.

viernes, 5 de febrero de 2016

Odette, una comedia sobre la felicidad, by Eric-Emmanuel Schmitt

Me gustaban de Odette cuatro cosas.

Me sentía identificada con ella porque...

- Yo también levito cuando me siento feliiiiz.

- Yo también estoy un poco loca y soy bastante friki.

- Yo también bailo por la casa y me monto extrañas coreografías.

- Yo también me evado del mundo leyendo y si cae una bomba ni me entero.

Hasta aquí todo perfecto. Odette me gustaba.

Lo malo empieza cuando empiezan las gilipolleces:

- Las peluqueras también leen. No hay que ser elitista con la literatura.

- Los peluqueros son irremediablemente gays y además superpromiscuos.

- Las mujeres maltratadas van siempre con el famosísimo labio partido delator.

- Los críticos literarios son unos cabrones que odian a los escritores que venden.

- Los buenos escritores son unos hijosdeputa que odian a los escritores que venden.

- Las mujeres buenas cocinan sesos y riñones para que los suyos estén fuertes y sanos.

Y Odette me empieza a parecer una insoportable petarda.

Tan buena. Tan sana. Tan sabia. Tan feliz.

Y me entran unas ganas locas de ser mala malota.

Y me entran unas ganas locas de ver el Sálvame Deluxe.

Y me entran unas ganas locas de zamparme una enorme hamburguesa.

Y me entran unas ganas locas de reivindicar la infelicidad como estilo de vida.

Tanta felicidad ni tanta polla.

Tanta levitación ni tanto buen rollito.

Y Schmitt al final es un plasta de mucho cuidao.

Y Catherine Frot, lo sé, aparecerá esta noche levitando en mis pesadillas.


martes, 2 de febrero de 2016

Déjame entrar, by Tomas Alfredson

Pues una vez más me parece que voy a tener que llevarle la contraria al común de los mortales. Debo de ser la única persona a la que le ha gustado mucho más el remake americano de esta película que el original sueco.

A mí la versión yanqui me gustó muchísimo porque no me pareció una peli de vampiros al uso sino que me enganchó totalmente por su contenido dramático, la historia del niño acosado y solitario que encuentra compañía y comprensión en la muchacha vampira. El chaval me parecía conmovedor y la niña no solo no daba miedo sino que daban mucho más pavor los impresentables compañeros de colegio del muchacho.

El niño de la versión sueca, tan rubio, tan blanquito, sin cejas ni pestañas visibles, con los rasgos faciales desdibujados, con esa insulsez fantasmagórica propia de las fisonomías escandinavas… me da casi más miedo que su amiga vampira. Nada que ver con el sentimiento de empatía y de protección que me inspiraba el otro chaval. Por no hablar de que la niña del film sueco, Lina Leandersson, carece por completo del aspecto frágil y etéreo de la chiquilla del remake. A mí a la draculina esta no me dan ganas de cogerla en brazos y acunarla tiernamente como sí me daba Moretz.

Tal vez la explicación de que no me haya gustado la película original sea esta aversión mía hacia la estética escandinava. O tal vez, y esto me parece más probable, esté en algo que dice en su crítica sobre el remake Salvador Llopart, de La Vanguardia: “No es un remake sino una relectura. Lo que en la primera era poesía aquí es inmejorable prosa, un relato de trazo claro y elocuente sobre el bien y el mal”.

Eso explicaría perfectamente mi identificación con la segunda versión, dado que ni la poesía es lo mío ni el cine definido como poético me ha apasionado nunca. Y efectivamente soy mucho más prosaica, lo mío indiscutiblemente es lo narrativo, y por eso he podido entender perfectamente ese relato claro sobre el bien y el mal que en la primera versión solo se insinuaba vagamente entre imágenes de fuerte impacto visual, puede que llenas de intenso lirismo, pero que a mí no me dicen nada.

En definitiva, que el halo poético que Tomas Alfredson le imprime a su película a mí me ha dejado más fría que el paisaje helado en el que ambienta los hechos. Y que me parece todo mucho más impactante, potente, diáfano y conmovedor en la versión americana. He dicho.

lunes, 1 de febrero de 2016

Tú, yo y todos los demás, by Miranda July

LO QUE ME GUSTA:

- La escena inicial. Un pececillo abandonado en el techo de un coche, condenado a morir de forma inminente. De repente se pone en marcha la operación “Salvar al pececillo”.

- El niño pequeño chateando con el adulto. Buenísimo.  Su candor y su ingenuidad son lo mejor de la película:

Adulto: Qué me harías si quedáramos?

Niño: Quiero cagar de ida y vuelta.

Adulto: Y eso qué es?

Niño: Yo cago dentro de tu culo y tú cagas de vuelta en el mío y lo seguimos haciendo todo el tiempo de ida y vuelta con la misma caca. Para siempre.

- Los zapatos YOU and ME acercándose y alejándose, acercándose y alejándose.

- El encuentro en el parque de los dos amantes del Chat, los de la cagada de ida y vuelta. Una escena preciosa.

LO QUE NO ME GUSTA:

- Las historias paralelas de la niña que prepara su ajuar o la de las dos adolescentes petardas a las que les escribe mensajes guarros un vecino salido. Qué coñazo! Aparte de que no aportan nada a la película.

- Pero fundamentalmente lo que menos soporto y hace que  la cinta baje muchos puntos en mi apreciación es la protagonista y su estilo flower. Sus performances, sus grabaciones, sus monólogos infumables y hasta sus andares saltarines. Terminé odiando a Miranda July y su toque vomitivamente naif. Si por ella hubiese sido no habría llegado al final ni harta vino. Pero luego estaban el crío y las caritas de alucinado de John Hawkes y algunos diálogos que me encandilaron y el pececillo… y conseguí soportar estoicamente la insoportable faz de la repelente Miranda. Y tengo que decir que después de todo mereció la pena.

jueves, 28 de enero de 2016

Recursos humanos, by Laurent Cantet

Vaya por delante que soy una persona de izquierdas y además muy orgullosa de ello. Y sin embargo debo reconocer que no entiendo demasiado el planteamiento de esta película, que supuestamente es reivindicativo y progresista, aunque a mí me parece una auténtica antigualla.

Tal vez sea porque en realidad ese planteamiento ha quedado completamente obsoleto en los años que han transcurrido desde el rodaje hasta hoy, sobre todo a partir de la crisis que hemos venido padeciendo los 6 últimos años, durante la que todo ha cambiado radicalmente: las relaciones laborales, el concepto de estabilidad en el empleo y de estabilidad personal… todo.

Y claro, en este nuevo contexto en el que ya no se concibe el trabajo para toda la vida (salvo en la administración), en el que las relaciones entre asalariados y empresarios distan mucho de la familiaridad y la prolongación en el tiempo de aquellos días y en el que mucha gente tiene que buscarse la vida como autónoma para poder acceder al mundo del trabajo e incluso emigrar a otros países para trabajar en total precariedad, la situación que se plantea en esta película queda como muy viejuna.

Yo al menos no la entiendo. En la empresa donde trabaja el padre del protagonista se va a hacer una reducción de plantilla que se limita a los trabajadores mayores, que además van a percibir una buena indemnización, cosa que en los tiempos actuales no veremos jamás la inmensa mayoría de nosotros.

Para más inri el trabajo es una puta mierda; es una fábrica de estas de producción en cadena en la que cada cual se dedica en exclusiva a una máquina y se pasa el día metiendo piezas y dándole a una palanca. Una dos tres cuatro cinco seis… y así hasta dos mil o cuatro mil al día. Que no digo yo que no sea una forma muy digna de ganarse la vida pero vamos, como para ir a currar pegando saltos de alegría no es precisamente.

Y si una persona a la que le quedan pocos años para jubilarse tiene la oportunidad de prejubilarse o de ir un par de años al paro recibiendo una buena indemnización con la que montar un pequeño negocio o invertir en algo que le permita vivir más o menos bien hasta el momento de la jubilación… cuál es el problema? Dejar de levantarte tempranísimo cada día para alienarte  en una cadena de montaje en la que tú simplemente eres unos brazos que meten la pieza en su sitio para empezar a vivir una vida un poco más grata y digna… esa es la gran tragedia de este hombre?

Ya digo que no entendí casi nada de la película y que me pareció como de otros tiempos, de hace mil años, cuando la gente nacía y moría en la misma empresa y los trabajos casi pasaban de padres a hijos. Las exigencias de la sindicalista me daban hasta risa porque hoy en día si llegas a una empresa en ese plan, poniendo los cojones encima de la mesa y tratando al empresario a grito limpio, se pueden descojonar en tus narices y ya te puedes estar dando media vuelta y largándote a tu casita.

En fin, no comparto en absoluto el entusiasmo de buena parte de las críticas con respecto a la película. No dudo de las buenas intenciones proletarias y sindicales de Laurent Cantet pero todo eso ha quedado tan atrás, sin que además los sindicatos hicieran gran cosa para evitarlo y beneficiándose además ellos bastante de la situación que se había creado, que ya no tiene ningún sentido volver a aquello más que en plan de curiosidad histórica.

En unos tiempos en los que se está replanteando prácticamente todo en el mundo del trabajo, el papel de los sindicatos, la negociación colectiva, la huelga como método de protesta… esta película suena a algo casi medieval. Dan ganas de decirle a Cantet: pero hombre, usted de dónde ha salido? Y claro, es que esto fue rodado en 1999, y quién se acuerda ya de cómo eran entonces las cosas. Yo muy vagamente, como de mi primera comunión, que recuerdo que la hostia se me quedó pegada al paladar y no había manera de despegarla pero poco más. Pues esto igual.

De todas formas tiene mérito rodar una película en la que no hay apenas actores profesionales. Aparte del jovencísimo Jalil Lespert, que hace un muy buen trabajo por el que se llevó el César al mejor actor revelación ese año, el resto son gente normal de la calle, por cierto bastante deteriorada físicamente (los padres parece que tienen 70 años), con toda probabilidad a causa de una vida de mierda muy parecida a la que se cuenta en la película y que por lo visto para el viejo, a juzgar por la depre que se pilla a causa del despido, debe de ser la hostia.

miércoles, 27 de enero de 2016

Crash, by David Cronenberg

Si algo no se le puede negar a Cronenberg es su capacidad para rodar historias desasosegantes e hipnóticas al mismo tiempo. En este caso tan desasosegante e hipnótica como la imagen de un accidente de coche.

En Crash Cronenberg lleva a cabo unas mezclas visuales difíciles de digerir por el espectador: metal y carne, muerte y sexo, sangre y semen, asco y morbo. Una historia un tanto demencial en la que una serie de tarados obtienen placer sexual mediante la observación y reproducción de accidentes de tráfico a la par que consideran un desguace el sitio ideal para practicar sexo.

Y sin embargo, el director hace tan magistralmente esa mezcla intercalando escenas de horror visual con otras altamente eróticas que yo creo que si se hiciera una encuesta entre los espectadores para comprobar qué porcentaje se ha excitado viendo la película saldría una importante cantidad de síes.

Y en los tíos yo creo que llegaría casi al 100%. Porque es difícil no excitarse ante imágenes como la de James Spader y Deborah Kara Unger follando en la cama mientras verbalizan sus fantasías sexuales. Es más, es casi imposible no excitarse simplemente mirando a Unger, que es en sí misma una tía que desprende sexualidad por todos sus poros. O con la escena del polvo en el autolavado. O con la de sexo entre Unger y Rosanna Arquette con sus ortopedias varias, pero que no deja de ser una tía preciosa y muy sensual. O sin ir más lejos, con la primera imagen de Unger follando con la cara pegada al morro del avión, en la que que casi se puede sentir el contraste entre el frío del metal y la calentura de ella.

En fin, Cronenberg nos invita a una danza macabra de sensaciones contrapuestas, y así vamos pasando del asco y el horror a la excitación y al morbo casi sin darnos cuenta, y vuelta atrás. Algo que si te lo cuentan a priori te parecería imposible pero que, para tu estupor y hasta tu espanto, ocurre realmente.

Cuesta criticar positivamente una película que provoca tanto rechazo emocional, pero también es obligado hacerlo si se evalúa desde la honestidad. Porque es un verdadero puñetazo en el estómago, algo que impacta con fuerza y revuelve las tripas, pero que al mismo tiempo hace que nos planteemos profundamente cómo funciona nuestra mente y cuáles son los mecanismos que controlan nuestras emociones. Y eso, señores, para bien o para mal, se llama CINE.