martes, 28 de abril de 2015

Santuario (TV), by Olivier Masset-Depasse

“El Santuario” es una peli interesante. Su director, Olivier Massot-Depasse, hace un planteamiento de la historia de ETA desde el punto de vista francés, es decir, alejado del maniqueísmo tan habitual con el que se trata el tema en nuestro país, por la inevitable carga dolorosa que conlleva. Para mí ha sido muy clarificador ponerme en el otro lado e intentar entender la manera en que veían nuestros vecinos el problema, desde la óptica de los etarras como refugiados políticos y no como terroristas.

Tengamos en cuenta que la ETA de los primeros tiempos jugó un papel importantísimo en la lucha contra el franquismo, y fue entonces cuando en el sur de Francia se creó ese Santuario al que iban a parar los que se consideraban “luchadores por la libertad”. La cuestión es que con la llegada de la democracia, mientras en nuestro país cada vez se veía más clara la inutilidad de una ETA violenta, nuestros vecinos tardaron bastante tiempo en entenderlo. De hecho, en mi opinión, el mayor éxito en la lucha contra ETA fue precisamente conseguir que esa condición de refugiados, de perseguidos políticos, desapareciera y que fuera de nuestras fronteras se les empezara a considerar simples asesinos, que es lo que eran. La colaboración de Francia y la desaparición del Santuario francés fue lo que determinó el final de la banda, por encima de todas las demás circunstancias.

La película arranca con el asesinato del senador socialista Enrique Casas y la exigencia del gobierno español presidido por Felipe González, gran amigo del político asesinado, de que Francia extraditara a todos los etarras que se refugiaban en el País Vasco francés. Las reticencias de los franceses, acrecentadas por la labor nefasta y contraproducente de los GAL, se unen a las luchas internas dentro de la propia organización, con un Txomin partidario de un acercamiento de posturas frente al ala radical, representada por el sanguinario Antxon, mucho más violenta y reacia a cualquier tipo de negociación. Y por si todo esto fuera poco, en medio aparece Yoyes, exdirigente etarra que viene del exilio con la idea de abandonar la banda y rehacer su vida en su tierra. Y ahí se producen los enfrentamientos más duros dentro de la organización porque Txomin entiende el deseo de Yoyes de recuperar una vida normal e intenta protegerla frente a los que la consideran una vulgar traidora, que como es público y notorio, terminarían matándola.

Tengo que decir que me ha sorprendido muy positivamente el trabajo de Juana Acosta en el papel de Yoyes; pensaba que esa muchacha prácticamente se limitaba a pasearse y posar en alfombras rojas con modelazos carísimos de marcas varias, y resulta que no, que cuando se pone a trabajar en serio lo hace bastante bien. Y por supuesto el que está que se sale en el papel de Txomin es Àlex Brendemühl, que es un crack. Supongo que para ambos tuvo que ser especialmente difícil interpretar estos papeles porque gran parte del tiempo se lo pasan hablando en euskera, que no es una lengua precisamente sencillita para los que venimos de lenguas romances mondas y lirondas. El resto del reparto en lo que a etarras se refiere creo que es mayoritariamente vasco, así que lo de estos dos tiene su mérito.

En fin, una historia que da bastante que pensar porque narra los hechos desde una visión completamente distinta y contribuye a entender un poco más los acontecimientos tal y como sucedieron y lo complicada que puede llegar a ser la política cuando se enfrentan intereses contrapuestos e incluso irreconciliables.

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